Necesito hablar con alguien.
(todas son ventanas con luces que se reflejan desde el interior, pero nadie
está ahí para recorrer la cortina cuando necesito ayuda).
No. Lo único que necesito es el
procesador de textos y mi imaginación. Puedo hacerlo solo. He podido por más de
10 años (aunque no de corrido. Además el que funcionara así de una forma no
quiere decir que pueda ocurrir así con las condiciones actuales).
Comencé a escribir esto por una
serie de incomodidades y reacciones escépticas en torno a la compañía, el amor,
la amistad, el filtreo, el prejuicio y el constante intento por aterrizar en el
aquí y ahora.
Puntualmente, no es un asunto filosófico ni
intelectual el que me hace sentir ese pequeño ataque de ansiedad de vez en
cuando. Es la soledad, mezclada con que no estoy trabajando ni estudiando. Son
las decenas de contactos con las cuales he tenido insinuaciones, pláticas,
debates o total indiferencia y al final, todos tienen un pequeño territorio
bajo llave que no están dispuestos a comprometer bajo ningún motivo. Nadie me
permite entrar más.
¿A qué me refiero con este
territorio? Ciertamente tiene como principal motor la confianza, la cual, en la
actualidad se canjea a precios muy altos, si tomamos en cuenta factores de
inseguridad, hostigamiento, manipulación y abuso de la misma, entre otras. Pero
al mismo tiempo, el concepto al que quiero referirme también tiene que ver con
nuestra necesidad gregaria y un mero ejercicio de comunicación, expresión,
imaginación y autoafirmación. Platicar, bromear, intelectualizar (en un sentido
primario, pero no por ello sencillo). Elaborar en torno al lenguaje y a nuestra
facultad de creación, en pro del simulacro de lo que llamamos desarrollo
humano. Mismo que hemos restringido y simplificado por una serie de condicionamientos
de los cuales no elaboraré por considerarlos obvios, pero que enlistaré para
dar contexto a lo que quiero decir.
Empiezo a encontrar un patrón medievalesco en
las dinámicas virtuales, y al mismo tiempo en situaciones cotidianas (de la base
de personas con las que suelo platicar habitualmente) donde pareciera existir
un toque de queda creativo. Este se ha vuelto mucho más sutil e implica un
resguardo psíquico, más que físico (como era el caso de evitar salir de noche,
o a los bosques). Llega un momento en que todo mundo está en línea, pero al
mismo tiempo entramos en un estado
pasivo de recepción de la información del muro. “El muro”. Seguramente debe de
tener más incidencia que el Muro de Berlín, hoy por hoy. Levantamos estructuras
pesadas, que nos hagan las veces de pilares psíquicos. No para dejar de pensar
por nosotros mismos, ni para perder nuestra capacidad de sentir (a final de
cuentas, las redes sociales son también un catalizador de opiniones
encontradas, posicionamientos de criterios y herramientas de entretenimiento y
comunión).
Pero tampoco es Facebook de lo
que vengo a hablar. Me trastornan las críticas cliché, cuyo desenlace la gran
mayoría adivina, y que a final de cuentas se vuelve un mal necesario que
aprendimos a tolerar y vincular a nuestra cotidianeidad.
Es este encierro. Esa burbuja de
cobardía que está llena de moralina. No un tema en especial: no la friendzone,
no el machismo, no el vegetarianismo ni el veganismo, ni el alcoholismo, ni la
legalización de la marihuana, ni los Godínez, ni los hípsters, ni los mirreyes,
ni los nacos, ni los fresas, ni las lobukis, ni Peña Nieto, ni Luis Miguel, ni
Carlos Salinas, ni el narcogobierno, ni los feminicidios; no las violaciones ni
los secuestros, no el sexo como tabú, ni el sexo como uno de decenas de escapes
que reproducimos por miedo a la muerte. Es esta otra cosa donde el espacio
(virtual) del otro adquiere un valor
casi sagrado, y es prácticamente imposible de penetrar. Quiero hacer mención
aquí que nuestro espacio virtual cada vez se funde más con nuestro espacio
“real” (si dicho término aplica y no redunda irónicamente). Estamos perdiendo
nuestra conexión con el medio exterior desde hace varios años, y al mismo
tiempo hemos transformado significativamente nuestros criterios de comodidad,
compañía, información, intimidad, no sólo normativizándolos (lo cual da para
elaborar sobre mecanismos de control, consumismo, etc.) sino que además le
hemos asignado una muy difusa noción de bienestar, asociado a lo retribuidos
que nos sentimos al estar incidiendo y ser incididos por otros en tiempo real,
indistintamente de los fines particulares que persigue cada quien. (Es decir,
que no considero tan relevante si estos intercambios de información son
verídicos, informativos, dogmáticos, nobles, ociosos, u otros, puesto que el
fin sigue siendo mantenerlos vinculados y lo que anímicamente genera)
¿Pero qué pasa entonces si
tratamos de transformar este intercambio fuera de los parámetros con los que
estamos condicionados? ¿Qué pasaría si de pronto forzamos las dinámicas que ya
hemos consolidado, con condicionamientos tan funcionales y coercitivos como lo
son los códigos civiles que rigen en la vía pública’ (Donde dicho sea de paso,
poseemos una corporalidad, una dimensión física que pone un riesgo real de
manifiesto.)
No se necesita ser un genio para
pensar en las posibilidades que ello suscitaría en la mayoría de los usuarios.
Comenzarían los prejuicios, al sentir comprometido lo que ya hemos definido
infaliblemente como nuestro espacio.
¿Por qué fulano o zutano me
hablaría? ¿Qué relación tengo con él/ella? ¿Qué necesita de mí? ¿Por qué me
habló después de tanto tiempo de no hacerlo? y un largo etcétera que sólo sirve
como un burdo ejemplo para el caso grave al que quiero llegar. No son los temas: es el condicionamiento
extremo. El jugar seguro, el no ver más
allá, el franquear y tapiar cualquier atisbo de alternativa mezclado con todos
los demás parámetros que ya conocemos: la soledad, la predominación de las
apariencias, los vacíos emocionales, las condiciones socioculturales, el
status, etc. La falta de humor. ¿Dé dónde viene el humor si no es de la Fuente, de la Raíz previa a nuestras etiquetas?. Casi siempre retorno al mismo necio punto: la
represión de nuestra parte inconsciente.
Por eso trato de evitar los ejemplos. Porque para mí no recae en un tema de
género, ni de clase, ni de credo, ni de algún pendejo poder facultativo que
dura mientras tu post aparezca unas horas hasta que se actualiza el feed. Trata
de un impulso mucho más directo, parecido al baile, a la risa, a la sorpresa.
El permanente estado de total relatividad y potencialidad de las cosas. Todo
flota con la misma importancia (o con el mismo desinterés; como se
prefiera. Siempre y cuando se entienda
este desinterés como una forma de consciencia presencial, y no como un estado
de “denial”).
En la medida en la que nos
deshagamos un rato de esa postura que no soltamos (no para perseguir un
objetivo redentor, si no para volvernos parte de la experiencia) seremos mucho
más capaces de comprender la dimensión totalizante del mundo perenne. (Sea lo
que sea que eso que acabo de escribir signifique, jajaja).
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