lunes, 15 de febrero de 2016

Hoy fue San Valentín

Hoy fue San Valentín. Salí con mi mejor amigo y su primo a una plaza comercial, a regalar abrazos. Todo lo improvisé. Hice carteles en el momento y no tuve que convencerlos mucho, a pesar de su pena evidente. No estamos acostumbrados a ser el centro de atención ni a comprometer nuestro espacio personal, pese a muchas de nuestras dinámicas, que reflejan lo opuesto en las redes sociales. Pero quiero ir directo al grano. Ahorita estaba haciendo pesas, y de súbito me llegó un momento de esta tarde, entre tanta bulla y movimiento. Una persona en particular que vino a abrazarme. Un chavo como de 15 o 16 años. Hijo bien portado, venía con su Madre. No es que lo sepa, odio los prejuicios. Pero en su postura, mirada y ropa se notaba ese escape que buscaba entre responder a las normas familiares y buscar su propia identidad.


 En el momento no lo noté, pero estaba plenamente identificado con él. Era Yo a su edad. Ahí en la calle, en segundos, sólo grité efusivamente algo monosílabo, mientras le extendía los brazos y lo recibía con toda la confianza del mundo. Él sonrió mucho. Se ve que lo necesitaba más que todos los demás que me abrazaron. Y no es por aminorar la carga emocional de todas las personas que fueron partícipes de ese evento hoy. Él realmente necesitaba ese apoyo. Si Yo hubiera tenido la oportunidad de abrazar a un desconocido en las condiciones en las que estuve a su edad, quizás muchas cosas hubieran cambiado. Odio el “hubiera”, y hay pocas cosas a las que me refiero por “odiar”. Siempre he creído que es un desperdicio de energía. Pero a lo que quiero llegar, es a ese apoyo extra, arbitrario, completamente desasociado del cotidiano. Ese elemento podría haber sido significativo y oportuno, y suficiente para virar un camino que me llevó hasta el día de hoy. Con miedo a trabajar, por miedo a mis capacidades. Con miedo a desplazarme sólo en la ciudad por miedo a que la Ciudad me coma entero.

Primera entrada

Necesito hablar con alguien. (todas son ventanas con luces que se reflejan desde el interior, pero nadie está ahí para recorrer la cortina cuando necesito ayuda).
No. Lo único que necesito es el procesador de textos y mi imaginación. Puedo hacerlo solo. He podido por más de 10 años (aunque no de corrido. Además el que funcionara así de una forma no quiere decir que pueda ocurrir así con las condiciones actuales).

Comencé a escribir esto por una serie de incomodidades y reacciones escépticas en torno a la compañía, el amor, la amistad, el filtreo, el prejuicio y el constante intento por aterrizar en el aquí y ahora.

 Puntualmente, no es un asunto filosófico ni intelectual el que me hace sentir ese pequeño ataque de ansiedad de vez en cuando. Es la soledad, mezclada con que no estoy trabajando ni estudiando. Son las decenas de contactos con las cuales he tenido insinuaciones, pláticas, debates o total indiferencia y al final, todos tienen un pequeño territorio bajo llave que no están dispuestos a comprometer bajo ningún motivo. Nadie me permite entrar más.

¿A qué me refiero con este territorio? Ciertamente tiene como principal motor la confianza, la cual, en la actualidad se canjea a precios muy altos, si tomamos en cuenta factores de inseguridad, hostigamiento, manipulación y abuso de la misma, entre otras. Pero al mismo tiempo, el concepto al que quiero referirme también tiene que ver con nuestra necesidad gregaria y un mero ejercicio de comunicación, expresión, imaginación y autoafirmación. Platicar, bromear, intelectualizar (en un sentido primario, pero no por ello sencillo). Elaborar en torno al lenguaje y a nuestra facultad de creación, en pro del simulacro de lo que llamamos desarrollo humano. Mismo que hemos restringido y simplificado por una serie de condicionamientos de los cuales no elaboraré por considerarlos obvios, pero que enlistaré para dar contexto a lo que quiero decir.

 Empiezo a encontrar un patrón medievalesco en las dinámicas virtuales, y al mismo tiempo en situaciones cotidianas (de la base de personas con las que suelo platicar habitualmente) donde pareciera existir un toque de queda creativo. Este se ha vuelto mucho más sutil e implica un resguardo psíquico, más que físico (como era el caso de evitar salir de noche, o a los bosques). Llega un momento en que todo mundo está en línea, pero al mismo tiempo entramos en un  estado pasivo de recepción de la información del muro. “El muro”. Seguramente debe de tener más incidencia que el Muro de Berlín, hoy por hoy. Levantamos estructuras pesadas, que nos hagan las veces de pilares psíquicos. No para dejar de pensar por nosotros mismos, ni para perder nuestra capacidad de sentir (a final de cuentas, las redes sociales son también un catalizador de opiniones encontradas, posicionamientos de criterios y herramientas de entretenimiento y comunión).
Pero tampoco es Facebook de lo que vengo a hablar. Me trastornan las críticas cliché, cuyo desenlace la gran mayoría adivina, y que a final de cuentas se vuelve un mal necesario que aprendimos a tolerar y vincular a nuestra cotidianeidad.

Es este encierro. Esa burbuja de cobardía que está llena de moralina. No un tema en especial: no la friendzone, no el machismo, no el vegetarianismo ni el veganismo, ni el alcoholismo, ni la legalización de la marihuana, ni los Godínez, ni los hípsters, ni los mirreyes, ni los nacos, ni los fresas, ni las lobukis, ni Peña Nieto, ni Luis Miguel, ni Carlos Salinas, ni el narcogobierno, ni los feminicidios; no las violaciones ni los secuestros, no el sexo como tabú, ni el sexo como uno de decenas de escapes que reproducimos por miedo a la muerte. Es esta otra cosa donde el espacio (virtual) del otro adquiere un  valor casi sagrado, y es prácticamente imposible de penetrar. Quiero hacer mención aquí que nuestro espacio virtual cada vez se funde más con nuestro espacio “real” (si dicho término aplica y no redunda irónicamente). Estamos perdiendo nuestra conexión con el medio exterior desde hace varios años, y al mismo tiempo hemos transformado significativamente nuestros criterios de comodidad, compañía, información, intimidad, no sólo normativizándolos (lo cual da para elaborar sobre mecanismos de control, consumismo, etc.) sino que además le hemos asignado una muy difusa noción de bienestar, asociado a lo retribuidos que nos sentimos al estar incidiendo y ser incididos por otros en tiempo real, indistintamente de los fines particulares que persigue cada quien. (Es decir, que no considero tan relevante si estos intercambios de información son verídicos, informativos, dogmáticos, nobles, ociosos, u otros, puesto que el fin sigue siendo mantenerlos vinculados y lo que anímicamente genera)

¿Pero qué pasa entonces si tratamos de transformar este intercambio fuera de los parámetros con los que estamos condicionados? ¿Qué pasaría si de pronto forzamos las dinámicas que ya hemos consolidado, con condicionamientos tan funcionales y coercitivos como lo son los códigos civiles que rigen en la vía pública’ (Donde dicho sea de paso, poseemos una corporalidad, una dimensión física que pone un riesgo real de manifiesto.)
No se necesita ser un genio para pensar en las posibilidades que ello suscitaría en la mayoría de los usuarios. Comenzarían los prejuicios, al sentir comprometido lo que ya hemos definido infaliblemente como nuestro espacio.

¿Por qué fulano o zutano me hablaría? ¿Qué relación tengo con él/ella? ¿Qué necesita de mí? ¿Por qué me habló después de tanto tiempo de no hacerlo? y un largo etcétera que sólo sirve como un burdo ejemplo para el caso grave al que quiero llegar.  No son los temas: es el condicionamiento extremo.  El jugar seguro, el no ver más allá, el franquear y tapiar cualquier atisbo de alternativa mezclado con todos los demás parámetros que ya conocemos: la soledad, la predominación de las apariencias, los vacíos emocionales, las condiciones socioculturales, el status, etc. La falta de humor. ¿Dé dónde viene el humor si no es de la Fuente, de la Raíz previa a nuestras etiquetas?. Casi siempre retorno al mismo necio punto: la represión  de nuestra parte inconsciente. Por eso trato de evitar los ejemplos. Porque para mí no recae en un tema de género, ni de clase, ni de credo, ni de algún pendejo poder facultativo que dura mientras tu post aparezca unas horas hasta que se actualiza el feed. Trata de un impulso mucho más directo, parecido al baile, a la risa, a la sorpresa. El permanente estado de total relatividad y potencialidad de las cosas. Todo flota con la misma importancia (o con el mismo desinterés; como se prefiera.  Siempre y cuando se entienda este desinterés como una forma de consciencia presencial, y no como un estado de “denial”).

En la medida en la que nos deshagamos un rato de esa postura que no soltamos (no para perseguir un objetivo redentor, si no para volvernos parte de la experiencia) seremos mucho más capaces de comprender la dimensión totalizante del mundo perenne. (Sea lo que sea que eso que acabo de escribir signifique, jajaja).