Hoy fue San Valentín. Salí con mi
mejor amigo y su primo a una plaza comercial, a regalar abrazos. Todo lo
improvisé. Hice carteles en el momento y no tuve que convencerlos mucho, a
pesar de su pena evidente. No estamos acostumbrados a ser el centro de atención
ni a comprometer nuestro espacio personal, pese a muchas de nuestras dinámicas, que reflejan lo opuesto en
las redes sociales. Pero quiero ir directo al grano. Ahorita estaba haciendo
pesas, y de súbito me llegó un momento de esta tarde, entre tanta bulla y
movimiento. Una persona en particular que vino a abrazarme. Un chavo como de 15
o 16 años. Hijo bien portado, venía con su Madre. No es que lo sepa, odio los
prejuicios. Pero en su postura, mirada y ropa se notaba ese escape que buscaba
entre responder a las normas familiares y buscar su propia identidad.
En el momento no lo noté, pero estaba
plenamente identificado con él. Era Yo a su edad. Ahí en la calle, en segundos,
sólo grité efusivamente algo monosílabo, mientras le extendía los brazos y lo
recibía con toda la confianza del mundo. Él sonrió mucho. Se ve que lo
necesitaba más que todos los demás que me abrazaron. Y no es por aminorar la
carga emocional de todas las personas que fueron partícipes de ese evento hoy.
Él realmente necesitaba ese apoyo. Si Yo hubiera tenido la oportunidad de
abrazar a un desconocido en las condiciones en las que estuve a su edad, quizás
muchas cosas hubieran cambiado. Odio el “hubiera”, y hay pocas cosas a las que
me refiero por “odiar”. Siempre he creído que es un desperdicio de energía.
Pero a lo que quiero llegar, es a ese apoyo extra, arbitrario, completamente desasociado
del cotidiano. Ese elemento podría haber sido significativo y oportuno, y
suficiente para virar un camino que me llevó hasta el día de hoy. Con miedo a
trabajar, por miedo a mis capacidades. Con miedo a desplazarme sólo en la
ciudad por miedo a que la Ciudad me coma entero.
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