jueves, 7 de enero de 2021

Cristo en la Capilla

 

Quiero hablar aquí de un acontecimiento personal, y el contexto que desencadena una pintura que realicé hace diez años, y que me ha sido pertinente por los procesos de Producción que llevo en la actualidad, donde la Teología y lo No – Verbalizable son dos conceptos base a los que vuelvo constantemente.

Cuando tenía seis años, y en los primeros días de Clase de primero de Primaria, nos llevaron a un recorrido por la Escuela. Cabe decir que el sistema educativo era religioso, y que, en términos generales se profesaba el catolicismo. En este recorrido, mi grupo y Yo nos enteramos que en la parte de arriba del complejo había una capilla, dentro de la cual se conducían a los distintos grupos con motivos religiosos y académicos, y que, a su vez, servía como espacio de oración para las madres que de hecho vivían en los cuartos al fondo de esa planta alta.

En la primera semana, la Madre Superior nos condujo personalmente a esta capilla. Ahí ocurrió la que, probablemente fue mi primera experiencia de corte místico. (Si fue inducida o autoinducida, eso lo acotaré brevemente, más adelante).

En el recinto, había sillas de oración, elaboradas con reclinatorios de madera, hechos a la medida de los cuerpos infantiles. Llegado el punto de interés de este recorrido, nos encontrábamos sentados (o hincados, no lo recuerdo con precisión) de frente al Altar, en el que reposaba el Sagrario. Dispuestos de esta forma, Ella procedió a contarnos sobre el perfil de la Escuela, la atención que había por el desarrollo moral y espiritual en nosotros de niños, y un detalle importante para mí: que ahí nos “enseñarían” a “ver a Dios”. (El uso específico de estas palabras es un punto a considerar). Por mi parte, y con la concepción del mundo que pudiera haber tenido en ese momento de mi vida, tomé literal el significado general que se entiende por “enseñar”. Consideraba que, estando en una escuela, el “ver a Dios” sería un suceso que ocurriría; un acto en potencia que se llevaría a cabo (fácticamente), como aprender a multiplicar, o a conjugar verbalmente.

En esa misma sesión la Madre nos guio por un ejercicio, que, desde un punto de vista secular, se podría considerar, ya bien como visualización creativa, o como un despertar dogmático-religioso. El ejercicio en cuestión consistía en mantener un estado de calma, con los ojos cerrados, mientras los niños y niñas atendíamos las instrucciones de la Madre, con voz relajada. Si bien, no memoricé todas las palabras, se trataba justamente de un intento por acercarnos a “ver a Dios”. La única frase que recuerdo de manera textual era: “Pero no con la vista, si no con los ojos del corazón”. Yo, concentrado y en estricta disposición de “cumplir” las instrucciones, interpretaba que estábamos en medio de una clase, y que debía acatar cabalmente lo visto en esa materia. A la par de esta cuestión, mis ojos se entrecerraban debido a la curiosidad de saber qué tanto ocurría mientras los demás los mantenían cerrados, con el sonido cada vez más indistinto de la Madre musitando. Yo me mantenía en mi asiento, en una de las filas de la izquierda, aventurándome a vislumbrar un poco hacia el costado derecho del Sagrario. Probablemente tratando de perder la atención visual en una zona obscura y libre de objetos, que me permitiera concentrarme más a fondo.

De pronto, aconteció la Aparición: Mientras todos se mantenían con normalidad, el rostro inmenso y flotante de Cristo, justo en donde trataba de hacer difusa mi visión. La Imagen era clara en brillo, pero no muy nítida. No obstante, persistía. Se hacía presente. Yo, me mantenía sereno, pero profundamente atento.  Cristo no hablaba; no realizaba ningún movimiento. Sólo flotaba en el aire con una expresión neutral y la vista puesta en un horizonte; lejos de mí, y sin mostrar tampoco una atención fija a lo que ocurriera en ese punto. La imagen era majestuosa y completamente cataléptica a la vez. Como si no ocurriera nada, pero a la vez, hubiera una cadencia en medio de toda esa aparente inmovilidad. Cristo por su parte, ni era el rubio de piel blanca de la tradición europea, ni el tosco bronceado de las reinterpretaciones tecnológicas. Era un hombre aceitunado. Vítreo y nebuloso, que a la fecha no logro asociar con una corriente estilística determinada. Era como si éste hubiera “elegido” mantenerse en mi cabeza con un aspecto de simple y llana humanidad. Como si esa dignidad bastase para ostentar el título crístico.

“Con los ojos del corazón”. ¿Qué querría decir eso?, me preguntaba, mientras la imagen se recreaba y desvanecía con calmada intermitencia, frente a mi vista. La escena,o más bien dicho la secuencia repetitiva de la misma imagen, fue corta, pero llena de indicios. Muchos de los cuales no repercutirían sino hasta varios años después.

 La Madre seguía hablando y Yo, sin caer mucho en cuenta de la situación, recobraba el cauce de lo cotidiano, mientras me emocionaba con espíritu infantil el pensar que en esa escuela aprendería mucho más sobre estas experiencias. Sobra decir que éste no fue el caso.

A la fecha, éste es uno de mis recuerdos más vívidos y significativos; de mi vida escolar, de mi niñez, y probablemente, de mi experiencia directa con lo sagrado. No obstante, a la luz de mi edad actual, no lo considero un “encuentro con Dios” con toda la magnitud de lo “real” que esto conlleva. Sí hay – por otro lado – un llamado fuerte, acompañado de una curiosidad extrañísima, sobre algunos sentidos de pertinencia con la educación visual que desarrollaría al paso de los años, en mi vida. Llama la atención, por ejemplo, el parecido visual de esta experiencia con “La Aparición (Salomé)”, obra de Gustave Moreau, de 1876, misma que, hasta donde tengo memoria, no conocía ni remotamente a los seis años. Ahí la historia es distinta: La cabeza decapitada pertenece a Juan Bautista, que flota en tono desconcertante y extraordinario, frente a la exotizada figura de la danzante y coprotagonista del cuadro, producto del contexto simbolista del pintor francés. La densidad de ornamentos que decoran estas escenas (Moreau pinta varias versiones, tanto en óleo como acuarela) se mantienen en mi actual recuerdo de la capilla, por los mosaicos reales que decoraban el recinto escolar y de escaso significado religioso (motivos herbales abstractos); las bóvedas y pilares pictóricos, se substituyen en la primaria por un sencillo pero digno muro de madera, que servía de fondo para las figuras religiosas que acompañaban al sagrario; y éste último complementaba la escena con su brillo dorado, producto de la luz focal que lo bañaba de solemne religiosidad.

El último detalle que cierra el recuerdo, es la puerta de vidrio de entrada, y su correspondiente ventana. Ambos elementos iluminan débilmente el espacio sagrado, para conectar, a la vez, con el retorno a lo cotidiano: a lo escolar, al aspecto enclaustrante del sistema educativo; pero en un diálogo simultáneo con la luz natural, más brillante en los pasillos de arriba, que en el pequeño patio.

Concluyo observando que, entre toda esta riqueza de elementos, que oscilan entre la ensoñación y la mística: el rostro de Cristo no volvió a presentarse de nuevo.

"Cristo en la Capilla".2010. Acrílico sobre MDF. Joâo Balderas
(Nota: Aquí se omite el detalle del mosaico, así como las figuras humanas)




viernes, 8 de febrero de 2019

No me conoces




Caminar en la calzada de las torres, de noche. Quizás un abrigo negro para el frío. Caminando y recorriendo la avenida desierta. Se pierde la noción de las horas cuando se está en solitario, de frente ante la madrugada. En esa zona nunca pasa nada. Es inseguro, pero no hay asaltos. Es un pedacito de ningún lugar en medio de la urbe. Ahí mismo, podría tumbarme en una banca pública, y comenzar a leer, con la luz de los faros ámbar. (Aún existen de esos?). Bien podría morir ahí, de igual forma: A todo mundo le daría lo mismo. Nadie se enteraría.

Todos durmiendo. Todos durmiendo el sueño de los muertos. Un sopor de idiotas, que sumerge todo en una densa y cálida nube de comodidad. Hace miles de años nos acostumbramos a bajar el interruptor al ocultarse el Sol. Entramos en un modo de hibernación porque las estructuras internas de la psique son tan frágiles como un cristal, y tememos darnos cuenta de la realidad en su faceta más íntegra. Así que, a pesar de algunas excepciones a la regla, nos vemos de regreso, tarde o temprano, a la rutina de apagar el sistema y dejar que nuestra cobertura biológica vele por Nosotros. (Te Alabamos, Señor).

¿Qué queda, pues, si no la Noche? ¿Qué somos pues, si no animales?
Si apostáramos por conocernos, nunca lo haríamos. El Progreso no es esperanza para los Apóstatas de la Existencia. Entonces emprendo de nuevo el camino, y tengo que huir por mi cuenta, solo.
Entonces me invade un impulso vital, que desgarra y macera en saliva. Que pide y clama por una salida al ciclo de lugares comunes. Y salgo al asfalto.

Cobijarse por la noche es morir por un tiempo. Entregarse a la libertad que rebasa los límites de la vida. Es dejar de ser uno para ser engullido por las energías animistas que todo lo ven. Un instante de testigo omnipresencial, como quien contempla el panorama antes de entrar a las fauces del Abismo. Quizás un leve mascullar de un auto que pasa a un par de cuadras. Un taxi con música a todo volumen; uno más tratando de resistir por la vía del ruido y los estimulantes.  Uno más que intenta hacerle frente a la nocturna que todo lo devora con su silencio.  Y luego nada, de nuevo.

martes, 5 de junio de 2018

5-Jun-2018


Con lengua viperina:

He renunciado por fin a esta hosquedad, que me ha acompañado aproximadamente durante la  mitad de mi vida, y que me ha añadido un carácter seco y amargo como la Tierra de la primavera más inhóspita. No el verdor de la ensoñación Europea, sino el duro sofoco de la tala y el asfalto.
Ahora ya no le pertenezco a nadie. Sigo siendo una creatura esteparia, cuyo viaje apetezca individual, más permita la entrada al visitante curioso.
Ahora ya no quiero pasar tanto tiempo entre muertos. Hojeándolos y contemplando sus autorretratos, colgados en las paredes de los museos más solitarios. Escuchando sus composiciones. Leyendo sobre sus hazañas y sus estados recluidos, guareciéndose de la injusta sociedad.
Quiero codearme entre los vivos. Pero sucede que los vivos están muertos.
Algunos, con la sangre corriendo debajo de la piel, parecen más inertes que sus compatriotas enterrados. Los demás están tirados en una zanja; en la carretera, o en las fosas. Otros perecen bajo escombros sin la oportunidad de gritar de miedo. O en medio del ruido y los placeres: en fiestas y restaurantes; en transportes y en viviendas.
Si todo fuera muerte, el silencio nos aventajaría. Pero como no lo es, no queda más remedio que la plenitud:
En medio de este mundo, la Felicidad es el mayor acto de rebeldía contestataria.


lunes, 1 de enero de 2018

The Return Of Saturn


En un Periodo de aproximadamente 29 Años, Saturno regresa
al lugar que ocupó en el Mapa Estelar del Consultante al momento
de nacer.
Estos periodos, se repiten a lo largo de la vida, marcando etapas sólidas de Madurez. La primera de ellas, arrojando al individuo a la adultez, y a confrontarse con responsabilidades y limitantes.

Estos años que vienen, no sólo regresará al lugar donde me vio llegar, sino que regresará al Signo que rige: Capricornio.

¿Qué vasos de bilis negra habré de beber?
¿Qué estructuras en ruinas habrán de darme asilo?
¿Con qué Tierra Invernal habré de forjar mis atavíos?


Las Lecciones sobre los Elementos con los que contaré deberán
mostrar la Primera Parte de mi paso por la Existencia, dotándolos
del cúmulo de experiencias que haya atravesado hasta ahora.


jueves, 22 de diciembre de 2016



Siempre son cauces. Como un grupo imponente de cascadas que se encuentran todas en el mismo centro. Pero que a base de su naturaleza, permean unas con otras hasta disolver su individualidad.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Tengo fantasías sexuales con el mosaico de la capilla a la que subíamos en la primaria. Perderse visualmente entre la cadencia de los ornamentos y texturas bidimensionales de aquel universo amarillo con caoba.