Caminar en la calzada de las torres,
de noche. Quizás un abrigo negro para el frío. Caminando y recorriendo la avenida
desierta. Se pierde la noción de las horas cuando se está en solitario, de
frente ante la madrugada. En esa zona nunca pasa nada. Es inseguro, pero no hay
asaltos. Es un pedacito de ningún lugar en medio de la urbe. Ahí mismo, podría
tumbarme en una banca pública, y comenzar a leer, con la luz de los faros ámbar.
(Aún existen de esos?). Bien podría morir ahí, de igual forma: A todo mundo le
daría lo mismo. Nadie se enteraría.
Todos durmiendo. Todos durmiendo
el sueño de los muertos. Un sopor de idiotas, que sumerge todo en una densa y cálida
nube de comodidad. Hace miles de años nos acostumbramos a bajar el interruptor
al ocultarse el Sol. Entramos en un modo de hibernación porque las estructuras internas
de la psique son tan frágiles como un cristal, y tememos darnos cuenta de la
realidad en su faceta más íntegra. Así que, a pesar de algunas excepciones a la
regla, nos vemos de regreso, tarde o temprano, a la rutina de apagar el sistema
y dejar que nuestra cobertura biológica vele por Nosotros. (Te Alabamos, Señor).
¿Qué queda, pues, si no la Noche?
¿Qué somos pues, si no animales?
Si apostáramos por conocernos, nunca
lo haríamos. El Progreso no es esperanza para los Apóstatas de la Existencia.
Entonces emprendo de nuevo el camino, y tengo que huir por mi cuenta, solo.
Entonces me invade un impulso
vital, que desgarra y macera en saliva. Que pide y clama por una salida al
ciclo de lugares comunes. Y salgo al asfalto.
Cobijarse por la noche es morir
por un tiempo. Entregarse a la libertad que rebasa los límites de la vida. Es
dejar de ser uno para ser engullido por las energías animistas que todo lo ven.
Un instante de testigo omnipresencial, como quien contempla el panorama antes
de entrar a las fauces del Abismo. Quizás un leve mascullar de un auto que pasa
a un par de cuadras. Un taxi con música a todo volumen; uno más tratando de
resistir por la vía del ruido y los estimulantes. Uno más que intenta hacerle frente a la nocturna
que todo lo devora con su silencio. Y
luego nada, de nuevo.