martes, 5 de junio de 2018

5-Jun-2018


Con lengua viperina:

He renunciado por fin a esta hosquedad, que me ha acompañado aproximadamente durante la  mitad de mi vida, y que me ha añadido un carácter seco y amargo como la Tierra de la primavera más inhóspita. No el verdor de la ensoñación Europea, sino el duro sofoco de la tala y el asfalto.
Ahora ya no le pertenezco a nadie. Sigo siendo una creatura esteparia, cuyo viaje apetezca individual, más permita la entrada al visitante curioso.
Ahora ya no quiero pasar tanto tiempo entre muertos. Hojeándolos y contemplando sus autorretratos, colgados en las paredes de los museos más solitarios. Escuchando sus composiciones. Leyendo sobre sus hazañas y sus estados recluidos, guareciéndose de la injusta sociedad.
Quiero codearme entre los vivos. Pero sucede que los vivos están muertos.
Algunos, con la sangre corriendo debajo de la piel, parecen más inertes que sus compatriotas enterrados. Los demás están tirados en una zanja; en la carretera, o en las fosas. Otros perecen bajo escombros sin la oportunidad de gritar de miedo. O en medio del ruido y los placeres: en fiestas y restaurantes; en transportes y en viviendas.
Si todo fuera muerte, el silencio nos aventajaría. Pero como no lo es, no queda más remedio que la plenitud:
En medio de este mundo, la Felicidad es el mayor acto de rebeldía contestataria.