Con lengua viperina:
He renunciado por fin a esta
hosquedad, que me ha acompañado aproximadamente durante la mitad de mi vida, y que me ha añadido un
carácter seco y amargo como la Tierra de la primavera más inhóspita. No el
verdor de la ensoñación Europea, sino el duro sofoco de la tala y el asfalto.
Ahora ya no le pertenezco a
nadie. Sigo siendo una creatura esteparia, cuyo viaje apetezca individual, más
permita la entrada al visitante curioso.
Ahora ya no quiero pasar tanto
tiempo entre muertos. Hojeándolos y contemplando sus autorretratos, colgados en
las paredes de los museos más solitarios. Escuchando sus composiciones. Leyendo
sobre sus hazañas y sus estados recluidos, guareciéndose de la injusta sociedad.
Quiero codearme entre los vivos.
Pero sucede que los vivos están muertos.
Algunos, con la sangre corriendo
debajo de la piel, parecen más inertes que sus compatriotas enterrados. Los
demás están tirados en una zanja; en la carretera, o en las fosas. Otros
perecen bajo escombros sin la oportunidad de gritar de miedo. O en medio del
ruido y los placeres: en fiestas y restaurantes; en transportes y en viviendas.
Si todo fuera muerte, el silencio
nos aventajaría. Pero como no lo es, no queda más remedio que la plenitud:
En medio de este mundo, la
Felicidad es el mayor acto de rebeldía contestataria.
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