Quiero hablar aquí de un acontecimiento personal, y el
contexto que desencadena una pintura que realicé hace diez años, y que me ha
sido pertinente por los procesos de Producción que llevo en la actualidad,
donde la Teología y lo No – Verbalizable son dos conceptos base a los que
vuelvo constantemente.
Cuando tenía seis años, y en los primeros días de Clase de
primero de Primaria, nos llevaron a un recorrido por la Escuela. Cabe decir que
el sistema educativo era religioso, y que, en términos generales se profesaba
el catolicismo. En este recorrido, mi grupo y Yo nos enteramos que en la parte
de arriba del complejo había una capilla, dentro de la cual se conducían a los
distintos grupos con motivos religiosos y académicos, y que, a su vez, servía
como espacio de oración para las madres que de hecho vivían en los cuartos al
fondo de esa planta alta.
En la primera semana, la Madre Superior nos condujo personalmente
a esta capilla. Ahí ocurrió la que, probablemente fue mi primera experiencia de
corte místico. (Si fue inducida o autoinducida, eso lo acotaré brevemente, más
adelante).
En el recinto, había sillas de oración, elaboradas con reclinatorios
de madera, hechos a la medida de los cuerpos infantiles. Llegado el punto de
interés de este recorrido, nos encontrábamos sentados (o hincados, no lo
recuerdo con precisión) de frente al Altar, en el que reposaba el Sagrario. Dispuestos
de esta forma, Ella procedió a contarnos sobre el perfil de la Escuela, la
atención que había por el desarrollo moral y espiritual en nosotros de niños, y
un detalle importante para mí: que ahí nos “enseñarían” a “ver a Dios”. (El uso
específico de estas palabras es un punto a considerar). Por mi parte, y con la
concepción del mundo que pudiera haber tenido en ese momento de mi vida, tomé literal
el significado general que se entiende por “enseñar”. Consideraba que, estando
en una escuela, el “ver a Dios” sería un suceso que ocurriría; un acto en
potencia que se llevaría a cabo (fácticamente), como aprender a multiplicar, o
a conjugar verbalmente.
En esa misma sesión la Madre nos guio por un ejercicio, que,
desde un punto de vista secular, se podría considerar, ya bien como
visualización creativa, o como un despertar dogmático-religioso. El ejercicio
en cuestión consistía en mantener un estado de calma, con los ojos cerrados, mientras
los niños y niñas atendíamos las instrucciones de la Madre, con voz relajada.
Si bien, no memoricé todas las palabras, se trataba justamente de un intento
por acercarnos a “ver a Dios”. La única frase que recuerdo de manera textual
era: “Pero no con la vista, si no con los ojos del corazón”. Yo, concentrado y en
estricta disposición de “cumplir” las instrucciones, interpretaba que estábamos
en medio de una clase, y que debía acatar cabalmente lo visto en esa materia. A
la par de esta cuestión, mis ojos se entrecerraban debido a la curiosidad de
saber qué tanto ocurría mientras los demás los mantenían cerrados, con el
sonido cada vez más indistinto de la Madre musitando. Yo me mantenía en mi
asiento, en una de las filas de la izquierda, aventurándome a vislumbrar un
poco hacia el costado derecho del Sagrario. Probablemente tratando de perder la
atención visual en una zona obscura y libre de objetos, que me permitiera
concentrarme más a fondo.
De pronto, aconteció la Aparición: Mientras todos se
mantenían con normalidad, el rostro inmenso y flotante de Cristo, justo en
donde trataba de hacer difusa mi visión. La Imagen era clara en brillo, pero no
muy nítida. No obstante, persistía. Se hacía presente. Yo, me mantenía sereno,
pero profundamente atento. Cristo no
hablaba; no realizaba ningún movimiento. Sólo flotaba en el aire con una
expresión neutral y la vista puesta en un horizonte; lejos de mí, y sin mostrar
tampoco una atención fija a lo que ocurriera en ese punto. La imagen era majestuosa
y completamente cataléptica a la vez. Como si no ocurriera nada, pero a la vez,
hubiera una cadencia en medio de toda esa aparente inmovilidad. Cristo por su
parte, ni era el rubio de piel blanca de la tradición europea, ni el tosco bronceado
de las reinterpretaciones tecnológicas. Era un hombre aceitunado. Vítreo y
nebuloso, que a la fecha no logro asociar con una corriente estilística
determinada. Era como si éste hubiera “elegido” mantenerse en mi cabeza con un
aspecto de simple y llana humanidad. Como si esa dignidad bastase para ostentar
el título crístico.
“Con los ojos del corazón”. ¿Qué querría decir eso?, me
preguntaba, mientras la imagen se recreaba y desvanecía con calmada
intermitencia, frente a mi vista. La escena,o más bien dicho la secuencia repetitiva
de la misma imagen, fue corta, pero llena de indicios. Muchos de los cuales no
repercutirían sino hasta varios años después.
La Madre seguía
hablando y Yo, sin caer mucho en cuenta de la situación, recobraba el cauce de
lo cotidiano, mientras me emocionaba con espíritu infantil el pensar que en esa
escuela aprendería mucho más sobre estas experiencias. Sobra decir que éste no
fue el caso.
A la fecha, éste es uno de mis recuerdos más vívidos y
significativos; de mi vida escolar, de mi niñez, y probablemente, de mi experiencia
directa con lo sagrado. No obstante, a la luz de mi edad actual, no lo
considero un “encuentro con Dios” con toda la magnitud de lo “real” que esto conlleva.
Sí hay – por otro lado – un llamado fuerte, acompañado de una curiosidad
extrañísima, sobre algunos sentidos de pertinencia con la educación visual que desarrollaría
al paso de los años, en mi vida. Llama la atención, por ejemplo, el parecido visual
de esta experiencia con “La Aparición (Salomé)”, obra de Gustave Moreau, de
1876, misma que, hasta donde tengo memoria, no conocía ni remotamente a los
seis años. Ahí la historia es distinta: La cabeza decapitada pertenece a Juan
Bautista, que flota en tono desconcertante y extraordinario, frente a la
exotizada figura de la danzante y coprotagonista del cuadro, producto del
contexto simbolista del pintor francés. La densidad de ornamentos que decoran
estas escenas (Moreau pinta varias versiones, tanto en óleo como acuarela) se
mantienen en mi actual recuerdo de la capilla, por los mosaicos reales que
decoraban el recinto escolar y de escaso significado religioso (motivos herbales
abstractos); las bóvedas y pilares pictóricos, se substituyen en la primaria
por un sencillo pero digno muro de madera, que servía de fondo para las figuras
religiosas que acompañaban al sagrario; y éste último complementaba la escena
con su brillo dorado, producto de la luz focal que lo bañaba de solemne
religiosidad.
El último detalle que cierra el recuerdo, es la puerta de vidrio
de entrada, y su correspondiente ventana. Ambos elementos iluminan débilmente
el espacio sagrado, para conectar, a la vez, con el retorno a lo cotidiano: a
lo escolar, al aspecto enclaustrante del sistema educativo; pero en un diálogo
simultáneo con la luz natural, más brillante en los pasillos de arriba, que en
el pequeño patio.
Concluyo observando que, entre toda esta riqueza de elementos,
que oscilan entre la ensoñación y la mística: el rostro de Cristo no volvió a
presentarse de nuevo.
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| "Cristo en la Capilla".2010. Acrílico sobre MDF. Joâo Balderas (Nota: Aquí se omite el detalle del mosaico, así como las figuras humanas) |
